(de Perú, de pregunta, de prejuicio y de pelotudez)
Hay días que son más temáticos que otros, así como hay momentos que las palabras se juntan todas para conspirar contra cualquier discurso más o menos consistente. Así pasa también cuando a uno lo sorprenden situaciones que sólo pueden explicarse con palabras, pero justo justo ahí, no viene ninguna.
Para los progres, o más o menos progres, en especial a los que estamos entre 20 y 30 y algo (yo estoy entre los 20 y algo), no nos gusta manejarnos con prejuicios. Porque está mal. Porque no tiene razón de ser. Porque no va. Porque se contradice con nuestra forma. Porque jamás somos prejuiciosos. Porque, de verdad, no lo somos. Y no se trata de querer a las paraguayas porque tenemos “muchacha en casa” (y no, no tengo.. yo soy mi propia “muchacha”), bancar a los bolivianos porque compramos en su verdulería (pero lo puteamos en secreto cuando nos da un morrón medio cascoteado), ni amar a los gays porque bailamos con ellos en alguna fiesta (y es que sí, algunos tienen más ritmo)..
Como sea, el caso es que se me cruzaron el día temático, las cacofónicas palabras con P, y la certeza de no tener un enano fascista dentro, pero sí una capacidad innata para no callarme y un sarcasmo que siempre pide salir a pasear (y cada tanto, lo dejo hacer).
Uno va, con la que en poco tiempo dejará de ser su plata, a pagar sus impuestos al Pago Fácil. Rapidito para el locutorio, antes de que las madres con niños recién salidos de la escuela copen el mostrador. Sólo una persona adelante, y lejos, una mujer sentada con una nena.
Uno espera, con la plata, con el impuesto, con una sonrisa, porque al final, uno se levanta con un buen día. Pero ahí se complota todo. Y la mujer con la nena se acerca, con cara de nada, como quien no quiere la cosa, y se mete en la fila. Ella hace como que no ve que hay diez personas esperando, y uno no los ve, porque se juntaron de un momento a otro.
Entonces, la mirada fija. Y la sonrisa se estanca, y aparece una carraspera más y más insistente.
- Ejem.. Mirá, ahora ya está, porque estás terminando de pagar, pero fijate que te adelantaste a toda esta gente, que estaba esperando antes que vos..
- Perdón.. No, señora. Yo estaba en la fila.
- Ehh.. No. No estabas. Sólo había una persona, y vos estabas allá sentada..
- No, señora. Yo estaba..
- (Interrupción) No, no. ¿Sabés qué pasa? Además de ser una desubicada por colarte, sos una mentirosa. Encima..
- (Interrupción) No, yo estaba. Lo que pasa es que usted me habla así porque sabe de dónde vengo.
- (Silencio de unos segundos.. El ceño no decide si fruncirse de la bronca, o de pura incapacidad para entender) ¿Perdón?
- Sí, señora. Usted me trata así mal porque se da cuenta de que mi acento es peruano..
- (Silencio otra vez. El ceño se decide a fruncirse, pero ante la incapacidad de entender tamaño absurdo) Otra vez.. ¿Perdón?
- Usted me maltrata porque yo soy peruana y..
- (Interrupción. Sorpresivamente, el “vos” se transforma en “usted”) Ah, no, mi señora.. Usted es una desubicada por colarse, una mentirosa por negarlo, y una maleducada por sostenerlo. Y ¿sabe qué? Si tanto le jode su acento y su origen, trágueselo con un buen sorbo de pisco, pero chileno ¿sí?
Por suerte, el encargado me esperaba con los pocos pesos que me quedaban de vuelto. Le sonrío, saludo y salgo. Acomodo los lentes de sol, y me voy pensando en el absurdo, el atropello, la ridiculez, y un par de cosas más.
¿Puede ser que una persona condense tanta pelotudez en su interior y la exteriorice con esto del acento y el origen?
¿Será que hay que bancarse estas cosas?
¿Qué pasaría si yo me adelantara en una fila en Perú y me puteara una señora limeña? ¿Podría decir que me discrimina por argentina?
¿Esta fulana sería realmente peruana?
¿Jaime Bayly, o Christian Meier, se adelantarían en una fila, blandiendo su pasaporte? Porque si lo hiciera Bayly, lo saludo y me río un rato. Y si lo hiciera Meier, es muy posible que me quede sin palabras. Pero igual me jodería.
¿El pisco será peruano en verdad? Porque, sin ser mi bebida preferida, a mí me gusta más el chileno.
El semáforo cortó. Mientras espero para cruzar en la esquina, miro al cielo. No espero que Dios me mande una respuesta, pero cuando viene una catarata de preguntas, capaz que hay alguna respuesta encima de mi cabeza, esperando para caer. Y si no es una respuesta, que sea un regalo, por lo menos.
Y no, ni respuesta, ni regalo. Algunas gotas, sí.
Pienso: “Puta madre.. a la vieja, al pisco, y al impuesto también”. “No me digas que va a llover…”